ANGEL EN LILA

ANGEL EN LILA

miércoles, 25 de abril de 2007


Eduardo Galeano


La telenovela del destripador que tiene buen corazón


La moda verde: ahora no sólo hay viejos verdes y chistes verdes, sino que los taxis están pintados de verde en la ciudad de México, que es la más contaminada del mundo, y verde es el color que las empresas gigantes de la industria química, que son las más contaminantes del mundo, prefieren para su publicidad. El Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñe de verde sus préstamos: ``En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas'', afirma el presidente de esta institución.
Ahora somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando en cualquier país del sur del mundo se aprueba alguna tímida ley de defensa del medio ambiente, que se llama medio porque es el ambiente que nos queda, las empresas que echan veneno al aire y pudren las tierras y las aguas se sacan súbitamente la recién comprada careta verde y gritan su verdad, en términos que podrían ser resumidos más o menos así: ``Los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera''.
Un impuesto a la mala conciencia
El Banco Mundial en cambio es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes el Banco maneja, junto a las Naciones Unidas, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispone de poco dinero, cien veces menos de lo que habían exigido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente.
La asfixia financiera obliga a los países del sur del mundo a aceptar negocios de jugo rápido, que exprimen en plan bestia a la naturaleza y a la gente, y que al precio de la devastación ofrecen divisas inmediatas y ganancias a brevísimo plazo. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda; y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come, siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial es quien deveras gobierna, junto al Fondo Monetario, a nuestros países cautivos. Doscientos cincuenta mil dólares por minuto pagan los países del sur del mundo, por servicio de deuda, a sus acreedores externos, que imponen la política económica de cada país deudor en función del dinero que conceden o prometen. No hay manera de apagar la sed de esta vasija agujereada: cuanto más pagamos, más debemos y cuanto más debemos, mejor obedecemos la orden de multiplicar la pobreza, concentrar la riqueza y aniquilar la naturaleza.
Los bosques están entre las víctimas de ese super-gobierno, que identifica al progreso con la máxima rentabilidad y a la modernización con el arrasamiento. El mundo está siendo desollado de su piel vegetal y la tierra ya no puede absorber y almacenar las lluvias. Se multiplican la sequías y, simétricamente, se multiplican las inundaciones, mientras sucumbren las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y madereras y los demás monocultivos de exportación que el mercado internacional exige y los banqueros aplauden. Cada hamburguesa cuesta nueve metros cuadrados de selva centroamericana; y de seguir así las cosas el mundo se quedará calvo más temprano que tarde, con algunos últimos restos de selva en Zaire y Brasil.
Una historia que hará llorar
Pero resulta que ahora los banqueros han abandonado la usura para consagrarse a la ecología, y he aquí la prueba: el Banco Mundial está otorgando generosos créditos para forestación. El Banco planta árboles y cosecha prestigio, en un mundo escandalizado por el arrasamiento de sus bosques. Conmovedora historia, digna de ser convertida en el más arrancalágrimas de los culebrones de la televisión: el destripador distribuye miembros ortopédicos entre las víctimas de sus mutilaciones.
La realidad, esa aguafiestas, nada tiene que ver con la propaganda. En las nuevas plantaciones madereras no cantan los pájaros. Estos ejércitos de árboles todos iguales, plantados como soldaditos en fila y destinados al servicio industrial, no se parecen en nada a los bosques naturales aniquilados, que eran pueblos de árboles diferentes abrazados a su modo y manera y eran fuentes de vida diversa que sabiamente se multiplicaba a sí misma.
Las plantaciones madereras de exportación no resuelven problemas ecológicos, sino que los crean. Y los crean en los cuatro puntos cardinales del mundo. Dos o tres ejemplos: en la región de Madhya Pradesh, en el centro de la India, que había sido célebre por la abundancia de sus manantiales, la tala de los bosques naturales y las plantaciones extensivas de eucaliptos han actuado como un implacable papel secante que ha acabado con todas las aguas; en Chile, al sur de Concepción, la plantaciones de pinos proporcionan madera a los japoneses y proporcionan sequía a toda la región. El presidente del Uruguay hincha el pecho de orgullo: los finlandeses están produciendo madera en nuestro país. Vender árboles a Finlandia, país maderero, es una proeza, como vender hielo a los esquimales. Pero ocurre que los finlandeses plantan en el Uruguay los bosques artificiales que en Finlandia están prohibidos por las leyes de protección a la naturaleza.
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