ANGEL EN LILA

ANGEL EN LILA

miércoles, 25 de abril de 2007



Paradojas


Eduardo Galeano


Un Cerro Chato. Un Arroyo Seco. Un país que tiene tres millones de críticos de cine y muy pocos creadores de cine. Un país que tiene tres millones de directores técnicos de fútbol y cada vez tiene menos jugadores. Un país que tiene tres canales privados de televisión y los tres trasmiten los mismos partidos y los mismos informativos a la misma hora.
O una ciudad, como Montevideo, que tiene pocos taxis, y los taxis hacen el cambio de turno a la misma hora, también, de modo que la palabra sintaxis ha revelado, Mariano, su origen. Yo te lo quería decir antes de que entráramos, porque me parece importante para la linguística nacional e internacional. ¿De dónde viene la palabra sintaxis, que algunos dicen que viene del griego? Viene de Montevideo, y alude a los problemas del transporte.
Entonces, yo digo: éste es un país de paradojas. El Uruguay es el reino de la paradoja. Y a primera vista resulta paradójico el hecho de que un periodista, Samuel Blixen, haya escrito un libro que tiene alto nivel literario. Y que es, además, un libro de historia, aunque él no sea historiador. Y aquí discrepo un poquito con mis dos compañeros presentadores; creo que de algún modo éste es también un libro de historia, un libro muy revelador de lo que es la historia del Uruguay en la segunda mitad del siglo xx. Y no está hecho por un historiador; y está escrito con alto nivel literario, a pesar de que el autor no es escritor. O quizás es escritor y no sabe que lo es, como monsieur Jourdain, el personaje de Molière, hablaba prosa y no sabía que hablaba prosa.
Pero yo digo: ¿será ésta una paradoja en el país de Carlos Quijano? ¿O será que el periodismo, entre nosotros, encuentra a veces expresiones que confirman que la calidad literaria no depende del formato en el que se ofrece? Yo creo que el libro de Samuel es un libro muy bien hecho, muy bien armado, muy ilustrativo, con una enorme cantidad de información que se brinda al lector sin abrumarlo, y que tiene por tema central otra paradoja del país de las paradojas: el símbolo de la dignidad civil en Uruguay es un militar, que se llama Liber Seregni.
Quizás sea, como la otra, la del periodismo y la literatura, una paradoja nada más que aparente, porque al fin y al cabo es una paradoja puesta al servicio de la superación de otras paradojas que enferman al país. Como por ejemplo, el hecho de que siendo un país que vive del campo, la población rural quepa en un estadio; como por ejemplo el hecho de que siendo un país que tiene más tierras cultivables que el Japón, sea incapaz de dar de comer a una población 40 veces menor que la japonesa; o el de que teniendo, como tenemos, una población cinco veces menor que la holandesa y un territorio cinco veces más extenso, expulsemos a nuestros jóvenes, y los obliguemos a buscar trabajo y destino en otros suelos, bajo otros cielos; y como si fuera poco, después les neguemos el derecho al voto si no tienen la plata y la posibilidad de venir aquí.
País de paradojas, digo, que tuvo ley de trabajo de ocho horas antes que Estados Unidos. Y hoy, ¿qué uruguayo puede ganarse la vida trabajando nada más que ocho horas? País de paradojas, que tuvo voto femenino antes que Francia. La mujer uruguaya votó por primera vez 14 años antes de que por primera vez votaran las mujeres en Francia. Y hoy las mujeres tienen en la vida política nacional un valor simbólico: la izquierda, el centro y la derecha, en eso estamos todos más o menos igual, ofrecemos el espectáculo de alguna que otra ministra, alguna que otra legisladora, como el antise-mita presenta, para disculparse, a su amigo judío.
País de paradojas, digo, donde los asesinos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse tranquilamente, impunemente, por calles que llevan el nombre de Zelmar Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz. País de paradojas donde muchos políticos denuncian, en los más airados términos, la ineficiencia del Estado, después de que esos mismos políticos, o por lo menos sus partidos, han hinchado al Estado de parásitos y de burócratas inútiles que ejercen la viveza criolla a costa del país.
País de paradojas donde muchos políticos también convocaron al golpe de Estado, y hasta lo hicieron, y después se quejaron de sus propios actos. Un golpe de Estado que no sólo tuvo por víctimas a los civiles, sino también a unos cuantos militares. No sólo al general Liber Seregni, sino a muchos militares a los que yo quiero rendir homenaje esta noche, porque tuvieron y tienen, como el general Seregni, sentido del honor y amor al país. Y por amor al país, amor a esta tierra y a su gente, se negaron a obedecer los dictados de la llamada doctrina de la seguridad nacional, que los obligaba a convertirse en verdugos de su propia tierra y de su propia gente.
La verdad es que el libro abunda en historias útiles para entender un poco mejor y en profundidad el proceso de todos esos años que tuvo, que encontró en Seregni un símbolo de dignidad democrática. El libro es de algún modo la historia de un militar que fue considerado traidor por sus pares, cuando sus pares estaban traicionando al país; y que fue degradado por ellos al mismo tiempo que el pueblo lo consagraba, porque en los años del terror él encarnó a un sector importante del ejército nacional, civilista, legalista y respetuoso de la Constitución y de la ley.
Yo digo: esa energía y esa voluntad democrática y ese sentido de la dignidad civil, que han convertido a Seregni y a la vida de Seregni en un símbolo nacional, tienen mucho que ver con la voluntad de cambio. Querer al país para cambiarlo; querer al país para que el país pueda ser lo que el país quiso ser en los tiempos lejanos en que fue fundado: una casa de todos y no una cárcel de barrotes invisibles para la mayoría de sus habitantes que viven, de alguna manera, presos de la necesidad o de la desesperanza.
Por amor, necesidad de cambiar las cosas a partir de una certeza de amor. Como en un brevísimo poema de un poeta alemán, que leí en estos días y que copié para leérselos a ustedes. El poeta, que se llama Reinner Kuntze, dice que vive en su país encerrado entre paredes. Siente opresivo su país, como muchas veces nosotros sentimos opresivo el nuestro, tal como está organizado, o mal organizado, tan paradójico, tan patas arriba que camina y tan condenado a las rutinas sucesivas, a la mediocridad sin remedio. Muchas veces nosotros también lo sentimos como una especie de prisión. Y este poeta alemán lo dice muy bien, dice: "Encerrado entre estas paredes, entre estas palabras, en esta cárcel, donde -dice- una y otra vez volvería a nacer". Me pareció bellísimo, porque yo soy de los que creen que sí, que como decía Mariano recién, en el 71 nació algo más que un movimiento político, nació de algún modo otro país, otro país que está dentro de éste, que está en la barriga de éste, un país verde que está en la barriga del país gris. Y en aquellos tiempos muy difíciles, cuando el miedo era mucho, y mucha la violencia, en los tiempos en que el Frente nació, el libro recoge una frase que una muchacha escribió en un pizarrón y que me parece estupenda, y que creo que tiene toda la vigencia del mundo. La muchacha escribió: "Mil miedos juntos hacen un solo gran coraje". Y yo creo que éste era el sentido que el Frente tenía cuando nació, y éste es el sentido que el Frente tiene: un solo gran coraje que resulta de la unión de muchos mieditos dispuestos a luchar contra el miedo de ser, contra el miedo de recordar, contra el miedo de cambiar, y que así van formando un solo coraje grande, destinado a hacer posible que el parto por fin ocurra, que ese país generado dentro del otro país pueda por fin dar sus primeros pasos.
Cuando volví del exilio vi en la calle Rodó un graffiti de mano anónima, como todos los graffitis, que decía: "Hay un país distinto en algún lugar". Pensé, y lo pienso todavía: sí, hay un país distinto en algún lugar y ese lugar es aquí, y es aquí gracias a las muchas mujeres y a los muchos hombres que tienen en hombres como Seregni su más certero símbolo.
Yo le quiero decir a él, como Gerardo: gracias. Y le quiero decir también gracias a Samuel Blixen por habernos ofrecido, de tan linda manera, sus trabajos y sus días.
Palabras en la presentación del libro de Brecha Seregni. La mañana siguiente.
Tomado de: Brecha, Montevideo, viernes 25 de julio de 1997.


Enemigo se busca


EDUARDO GALEANO


Los monstruos de Hollywood


Toda guerra tiene el inconveniente de que exige un enemigo, y de ser posible más de uno. Sin la provocación, la amenaza o la agresión de uno o varios enemigos, espontáneos o fabricados, la guerra resulta poco convincente y la oferta de armas puede enfrentar un dramático problema de contracción de la demanda.
El presupuesto del Pentágono y el negocio de la exportación de armamentos se encontraron de buenas a primeras con una situación peliaguda, un peligroso vacío de enemigo, a partir de 1989. Guerra sí, pero ¿guerra contra quién? El síndrome de la ausencia de enemigo encontró en Hollywood una respuesta terapéutica inmediata. Ya Ronald Reagan había anunciado, lúcido profeta, que había que ganar la guerra en el espacio sideral. Todo el talento y el dinero de Hollywood se consagró a la fabricación de enemigos en las galaxias. Ya no había villanos comunistas que pudieran resultar temibles. Los rusos, que habían trabajado de malos desde la conversión al Bien de los alemanes y de los japoneses, habían perdido de un día para el otro sus largos colmillos y su olor a azufre, y en nuestro planeta Tierra no había otros malvados visibles que fueran dignos de consideración. En busca de enemigo, Hollywood recurrió al peligro de la invasión extraterrestre, que había sido ya tema de cine sin mayor pena ni gloria. Con súbito éxito de taquilla, las pantallas se abocaron de apuro a la tarea de exhibir la feroz amenaza de los marcianos y otros repulsivos extranjeros reptiloides o cucaracháceos, que a veces adoptan forma humana para engañarnos a nosotros, los terrestres, y para reducir, de paso, los costos de filmación.
Pero ya el presidente George Bush había advertido, a principios del 91, que no había por qué buscar enemigos en la lejanías siderales. Después de invadir Panamá, y mientras invadía Irak, Bush había dicho: ``El mundo es un lugar peligroso''. Y esta certeza siguió siendo la mejor coartada para justificar, a lo largo de los años y los gobiernos siguientes, el presupuesto de guerra más alto del planeta y la más próspera industria de armamentos.
Una sociedad asustadaLa opinión pública de Estados Unidos tiene acceso a la mayor cantidad de información jamás acumulada en la historia de la humanidad. Sin embargo, buena parte de esa opinión pública padece una asombrosa ignorancia acerca de todo lo que ocurre fuera de las fronteras de su país y teme o desprecia todo lo que ignora. Los informativos de la televisión otorgan poco o ningún espacio a las novedades del mundo, como no sea para confirmar que los países extranjeros tienen tendencia al terrorismo y a la ingratitud. Cada acto de rebelión o explosión de violencia, ocurra donde ocurra, se convierte en nueva prueba de que la conspiración internacional prosigue su marcha, alimentada por el odio y la envidia. Poco importa que la guerra fría haya terminado, porque el demonio dispone de un amplio guardarropa y no sólo viste de rojo. Misteriosamente, se llama Ministerio de Defensa el órgano de gobierno que se ocupa de la guerra, y es de Defensa el presupuesto del Pentágono. El nombre constituye un enigma, habida cuenta de que Estados Unidos jamás ha sido invadido por nadie, salvo una fugaz incursión de Pancho Villa, y en cambio tiene la desagradable costumbre de invadir a los demás, a ritmo de un país por año, desde los inicios de su vida independiente.
El fin de la guerra fría, que pudo ser un motivo de preocupación, ya no implica mayores molestias para los manipuladores del miedo. La conspiración internacional --los de afuera son malos y no nos quieren-- brinda explicaciones mágicas a todas las desgracias y también brinda coartadas a la economía de guerra. El problema de la droga, pongamos por caso, es más norteamericano que el pastel de manzanas, norteamericano como tragedia y también como negocio, pero la culpa la tienen Colombia, Bolivia, México, Perú y otros malagradecidos.
La opinión pública de Estados Unidos sigue creyéndose amenazada y sigue creyendo que su país tiene el derecho natural de ejercer funciones de policía mundial. El presidente, demócrata o republicano, republicano o demócrata, viaja con sus valijas llenas de catálogos de armas y continúa practicando, sin mayores variantes, una política externa regida por el principio de que los mejores amigos son los que más armas compran. En nombre de la lucha contra el terrorismo, la industria norteamericana de armamentos encuentra sus mejores clientes en los gobiernos terroristas del rey Fahd, en Arabia Saudita, o del general Suharto, en Indonesia, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que siempre han hecho todo lo posible por aniquilarlos.
La noble industria militar, venta de muerte, exportación de violencia, trabaja y prospera. El sur del planeta sigue ofreciendo mercados firmes y en alza. La siembra universal de la injusticia continúa dando buenas cosechas de agitación social y de odio nacional, regional, local y personal.
Tomado de: Brecha, Montevideo, viernes 7 de noviembre de 1997.


OFICIOS.-Eduardo Galeano


El tejedor


Llevaba poco tiempo en la fábrica, cuando una máquina le mordió la mano. Se le había escapado un hilo. Queriendo atraparlo, Héctor fue atrapado.
No escarmentó. Héctor Rodríguez se pasó la vida buscando hilos perdidos, fundando sindicatos, juntando a los dispersos, y arriesgando la mano y todo lo demás en el oficio de tejer lo que el miedo destejía. Creciéndose en el castigo, atravesó el tiempo de las listas negras y los años de la cárcel, y atravesó también las derrotas y las traiciones y los desalientos. Creía en lo que creía contra toda evidencia, y así fue, siguió siendo, hasta el fin de sus días.
Eramos muchos. Estábamos esperando en el pórtico del cementerio. Héctor iba a ser enterrado en la colina que se alza sobre la playa del Buceo. Llevábamos allí un largo rato, aquel mediodía gris y de mucho viento, cuando unos obreros del cementerio llegaron trayendo a pulso un féretro sin flores ni dolientes. Y tras ese féretro entraron, en cortejo, algunos de los que estaban esperando a Héctor.
¿Se equivocaron de ataúd? Quién sabe. Era muy de Héctor eso de ofrecer sus amigos al muerto que estaba solo.
Aquel no era un domingo cualquiera del año 67. Era un domingo de clásico. El club Santafé definía el campeonato contra el Millonarios, y toda la ciudad de Bogotá estaba en las tribunas del estadio. Fuera del estadio, no había nadie que no fuera paralítico o ciego.
Ya el partido estaba terminando en empate, cuando en el minuto 88 un delantero del Santafé, Omar Lorenzo Devanni, cayó en el área, y el árbitro pitó penal. Devanni se levantó, perplejo: aquello era un error, nadie lo había tocado, él había caído porque había tropezado.
Los jugadores del Santafé llevaron a Devanni en andas hasta el tiro penal. Entre los tres palos, palos de horca, el arquero aguardaba la ejecución. El estadio rugía, se venía abajo.
Y entonces Devanni colocó la pelota sobre el punto blanco, tomó impulso y con todas sus fuerzas disparó muy afuera, bien lejos del arco.
--Aquí hay un fanático que siempre trae al padre -me dijo Sixto Martínez.
Estábamos en Sevilla, en el estadio. Era un partido aburrido, había criado barba la pelota, pero daba gusto charlar al sol en medio del gentío.
--Yo también voy con el viejo -dije-. El es futbolero, como yo.
Sixto encendió un cigarrillo, pitó hondo. Se bajó los anteojos, me clavó la mirada:
--Este que te digo viene con el padre muerto.
Y dejó caer los párpados:
--Fue su última voluntad.
Domingo a domingo, el hijo traía las cenizas del padre y las sentaba a su lado en la tribuna. El difunto le había pedido, en agonía:
--Que no me pierda partido del Betis de mi alma.
Y también le había pedido que siguiera pagando, mes a mes, sus cuotas de socio.
Al principio, el padre acudía al estadio en envase de vidrio. Una tarde, los porteros le impidieron la entrada, por peligroso. Desde entonces, venía en envase de cartón plastificado.


El sombrerero


Sonó el teléfono, escuché la voz cascada: un error así, no puedo creer, óigame bien, yo no hablo por hablar, que una equivocación vaya y pase pero un error así, cómo es posible, no puedo creer.
Me quedé mudo, con el teléfono pegado a la oreja. Me vi venir lo peor. Yo acababa de publicar un libro sobre fútbol en un país, mi país, que está habitado por doctores en fútbol, eruditos en la historia del fútbol, catedráticos de tácticas y estrategias del fútbol, y cada uno de mis compatriotas sabe de fútbol más de lo que el fútbol sabe de sí mismo. Se me fue el alma a los pies. Yo había cometido alguna pifia de ésas que no tienen remedio. En silencio, cerré los ojos y acepté mi condenación.
--El Mundial del 30 -acusó la voz, gastada pero implacable.
--Sí -musité.
--Fue en julio.
--¿Y cómo es el tiempo en julio, en Montevideo?
--Frío -imploré.
--Muy frío -corrigió la voz, y atacó-: ¡Y usted escribió que en el estadio había un mar de sombreros de paja! -se indignó-. ¡De fieltro! ¡De fieltro, eran!
Arrepentido, conseguí balbucear.
--Es verdad.
Y guardé un bochornoso silencio.
La voz bajó de tono, evocó:
--Yo estaba allí, aquella tarde. 4 a 2 ganamos, lo estoy viendo. Pero no se lo digo por eso. Se lo digo porque yo soy sombrerero, siempre fui, y muchos de aquellos sombreros... -casi se rompió la voz-: ...sombreros de fieltro... los hice yo.


El navegante


Le cayó muy simpático. Caetano no lo conocía. El muchacho, que andaba por la playa vendiendo cangrejos, lo invitó a dar una vuelta en su barca:
--Me gustaría -dijo Caeta-no-, pero no puedo. Tengo cosas que hacer. Compras, trámites...
Y en barca fueron. Recorriendo la ciudad por sus orillas, fueron al mercado y al banco y al correo y a todos los lugares donde Caetano debía ir. De cuando en cuando se detenían, por el puro gusto, a contemplar Bahía desde la bahía, y era una fiesta demorarse flotando.
Así, Caetano Veloso fue descubriendo una ciudad nueva. El la conocía, y muy mucho, pero no sabía que la conocía de espaldas. Nunca la había andado así, desde lo mojado, desde lo callado. Una ciudad era la ciudad caminada por las calles donde la gente no puede estarse quieta, luces que bailan, colores que gritan, y otra ciudad, muy otra, era la ciudad navegada por las silenciosas aguas donde no hay más alboroto que el de la espuma. Vista desde la barca, Bahía también era una barca, una serena barca disfrazada de tierra loca por lo mucho que le gustan los disfraces. Las calles no morían en la mar: en la mar nacían. En la mar no estaban las afueras de Bahía de San Salvador, sino sus adentros.
A la caída de la tarde, la barca devolvió a Caetano a la playa donde lo había recogido. Y entonces Caetano quiso saber cómo se llamaba aquel muchacho que le había revelado la otra ciudad. De pie sobre la barca, el cuerpo negro brillando a la luz del último sol, el muchacho dijo su nombre:
--Yo me llamo Marco Polo. Marco Polo Mendes Pereira.
Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas.
Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.
Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz:
--Se llevaron las mulas.
--Y se llevaron el arpa.
Y tomó aliento y se rió, echando baba y sangre se rió:
--Pero no se llevaron la música.



El carpintero


Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.
El es carpintero desde que hacía sus propios juguetes en la azotea de su casa del barrio de Cayo Hueso. Nunca tuvo máquinas ni ayudantes. A mano hace todo lo que hace, y de su mano nacen los mejores muebles de La Habana: mesas para comer celebrando, camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a la ropa le gusta quedarse.
Orlando trabaja desde el amanecer. Y cuando el sol se va de la azotea, se encierra y enciende el video. Al cabo de tantos años de trabajo, Orlando se ha dado el lujo de comprarse un video, y ve una película tras otra.
--No sabía que eras loco por el cine -le dice un vecino.
Y Orlando le explica que no, que a él el cine ni le va ni le viene, pero gracias al video puede detener las películas para estudiar los muebles.
En la frontera, en Rivera, lo conocí. El estaba llegando o estaba yéndose, que eso nunca se sabía.
Tampoco se sabía la edad. Mientras nos bajábamos una botella de vino tinto, me confesó noventa años. Algún añito se sacaba, puede ser. Félix Peyrallo Carbajal no tenía documentos:
--Nunca tuve. Por no perderlos -me dijo, mientras encendía un cigarrillo y echaba unos aritos de humo.
Sin documentos, y sin más ropa que la que llevaba puesta, había andado de país en país, de pueblo en pueblo, todo a lo largo del siglo y todo a lo ancho del mundo. Don Félix iba dejando, a su paso, relojes de sol. Este raro uruguayo que no era jubilado ni quería serlo, vivía de eso: hacía cuadrantes, relojes sin máquinas, y los ofrecía a las plazas de los pueblos. No por medir el tiempo, costumbre que le parecía un agravio, sino por el puro gusto de revelar los movimientos de la tierra, que se menea como mujer, y por las ganas de adivinar los secretos del cielo.
Allí, en Rivera, don Félix se estaba sintiendo muy bien, y eso lo tenía preocupado. Ya la tentación de quedarse le estaba dando la orden de irse:
--¡Lo nuevo, lo nuevo, lo nuevo! -chilló, golpeteando la mesa con sus manos de niño.
En esa ciudad, él estaba de paso. En todas partes estaba de paso. Don Félix siempre llegaba para partir. Venía de cien países y de doscientos relojes de sol, y se iba cuando se enamoraba, fugitivo del peligro de echar raíz en una mujer, en una casa o en una mesa de café.
Para irse, prefería el amanecer. Cuando el sol estaba llegando, él se iba. No bien se abrían las puertas de la estación de autobuses o de trenes, don Félix echaba al mostrador los pocos billetes que había juntado, y mandaba:
--Hasta donde llegue.


Historia del hombre que en el alto cielo amó a una estrella y fue por ella abandonado


Eduardo Galeano


Había robos pero no había ladrones en el valle del Cuzco. Los robos ocurrían durante la noche, en el huerto que tenía las mejores papas. El dueño vigilaba, toda la noche pasaba sin cerrar los ojos, pero en algún momento se le caían los párpados y en ese instantito desaparecían las papas dejando agujeros recién escarbados en los surcos.
Una noche, el hombre mintió. Se acostó a pata suelta, en medio del plantío, y roncando espiaba con un ojo. Y así pasaron las horas, y cuando no mucho faltaba para el amanecer, un violento resplandor lo hizo saltar.
El susto de tanta luz lo dejó ciego.
No eran ladrones: eran ladronas.
A manotazos consiguió atrapar a una. Las demás huyeron en ráfaga hacia el cielo y allá en lo alto quedaron, encendiendo el fin de la noche.
La estrella prisionera prometió devolver todas las papas, y suplicó:
- No me obligues a vivir en la tierra.
Pero él no la soltó. Cubrió con ropa de lana su luminosa desnudez y la encerró en su casa.
Al tiempo tuvieron un hijo que murió al nacer.
Y un atardecer en un descuido, la lumbrera escapó a las alturas. Gracias al cóndor, el hombre subió tras ella.
El hombre e y el cóndor iban envejeciendo en la larga travesía, y tenían siglos de edad cuando el viaje culminó. Pero no bien llegaron, se sumergieron en el lago del tiempo, y nadaron, y emergieron jóvenes.
Y entonces él se lanzó a recorrer la resplandeciente bruma de la Vía Láctea. Y en la peregrinación, reconoció a su estrella. Y le suplicó que lo dejara estar.
En un escondite del cielo, vivieron juntos.
Cada atardecer, ella se iba con sus hermanas, a iluminar la noche del universo. Y cada amanecer volvía, y traía alimentos terrestres que encontraba deslizándose en los graneros del sol y de la luna..
Así fue lo que fue, hasta que ya no fue.
Una mañana la estrella no llegó, y nunca más llegó, y el hombre deambuló por la fría neblina del cielo, hambriento y solo, llamándola a gritos.
El cóndor lo devolvió a la tierra, y en la tierra murió de pena.
Nada alcanzó a contar. De su boca, que no abría ni para comer, no salió palabra. Quizás porque había quedado embobado, estrellado; o quizás porque presentía que aquí en la tierra tomarían su historia por evidente mentira o alucinación de un pobre mortal creyéndose dios en el trono del reino de la noche.
En cuanto a ella, los estrellólogos no coinciden. Hay quien dice que le desenamoró el amor y hay quien dice que no hay por qué llamar amor a lo que fue lástima o curiosidad.
Algunos sostienen que ella echó al hombre porque no quiso verlo morir. Según estos especialistas, las estrellas no entienden nuestra costumbre de vivir nada más que un ratito, y tampoco entienden nuestras ganas locas de subir al cielo: nada saben las estrellas del humano morir, pero sí saben que más allá de la nubes no puede la gente renacer en los hijos que tiene, ni en las papas que planta, ni en los amores que deja.
Otros opinan que fue un adiós obligado. El sol y la luna habrían advertido a la estrella que debía buscarse otra galaxia donde vivir con el intruso. Así, no se podría seguir: en cada pelea conyugal, el hombre envejecía cien años y ella quedaba completamente a oscuras. Es verdad que después, cuando los dos se perdonaban la estupidez de odiarse, él recuperaba el siglo gastado y ella multiplicaba su esplendor; pero la paz del firmamento no podía permitirse aquellos sobresaltos. Y fue entonces, al parecer, que los amos del cielo decidieron renunciar a las papas, que tanto les gustaban, y el camino hacia la tierra fue borrado por siempre jamás.
La estrella se arrepintió de haber obedecido la orden que la condenaba a la soledad. Así lo afirma un estudioso que se ha pasado la vida fotografiando a las estrellas fugaces. El está seguro, y dice tener pruebas,: las estrellas fugaces son todas iguales, por que todas son una. Esa única luz, errante y mojada, es la estrella que una vez conoció el peligro y la fiesta del abrazo humano., y se asustó y huyó y fue perseguida y encontrada. Desde entonces su cuerpo mudo, que por el hombre cantó, supo que había nacido para ser dos o ninguno: y ahora anda volando locamente, a través de la noche, en busca del perdido camino de este mundo.


Liturgia del divino motor


Eduardo Galeano


Con el dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses: nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del automóvil, con su Vaticano en los Estados Unidos de América, tiene al mundo de rodillas.


Seis, seis, seis


La imagen del Paraíso:cada norteamericano tiene un auto y un arma de fuego. En Estados Unidos se concentra la mayor cantidad de automóviles y también el arsenal más numeroso, los dos negocios básicos de la economía nacional. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta el ciudadano medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas de vida, una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada seis empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con el automóvil, y otro está directa o indirectamente relacionado con la violencia y sus industrias. Cuanta más gente asesinan los automóviles y las armas, y cuanta más naturaleza arrasan, más crece el Producto Nacional Bruto. Como bien dice el investigador alemán Winfried Wolf, en nuestro tiempo las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas.
¿Talismanes contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de autos es simétrica a la venta de armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los accidentes de tránsito matan y hieren cada año más norteamericanos que todos los norteamericanos muertos y heridos a lo largo de la guerra de Vietnam, y el permiso de conducir es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario. El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que también es imprescindible para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer un trámite o firmar un contrato. En Estados Unidos, el permiso de conducir hace las veces de documento de identidad. Los automóviles otorgan identidad a las personas.


Los aliados de la democracia


El país cuenta con la gasolina más barata del mundo, gracias a los presidentes corruptos, los jeques de lentes negros y los reyes de opereta que se dedican a malvender petróleo, a violar derechos humanos y a comprar armas norteamericanas. Arabia Saudita, pongamos por caso, que figura en los primeros lugares de las estadísticas internacionales por la riqueza de sus ricos, la mortalidad de sus niños y las atrocidades de sus verdugos, es el principal cliente de la industria norteamericana de armamentos. Sin la gasolina barata que proporcionan estos aliados de la democracia, no sería posible el milagro: en Estados Unidos cualquiera puede tene auto, y muchos pueden cambiarlo con frecuencia. Y si el dinero no alcanza para el último modelo, ya se venden aerosoles que dan aroma de nuevo al vejestorio comprado hace tres o cuatro años, el autosario ése.
Dime qué auto tienes y te diré quién eres, y cuánto vales. Esta civilización que adora los automóviles, tiene pánico de la vejez: el automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede cambiar.


La jaula


A este otro cuerpo, el de cuatro ruedas, se consagra la mayor parte de la publicidad en la televisión, la mayor parte de las horas de conversación y la mayor parte del espacio de las ciudades. El automóvil dispone de restaurantes, donde se alimenta de gasolina y aceite, y a su servicio están las farmacias donde compra remedios, los hospitales donde lo revisan, lo diagnostican y lo curan, los dormitorios donde duerme y los cementerios donde muere.
El promete libertad a las personas, y por algo las autopistas se llaman freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula ambulante. El tiempo de trabajo humano se ha reducido poco o nada, y en cambio año tras año aumenta el tiempo necesario para ir y venir del trabajo, por los atolladeros del tránsito que obligan a avanzar a duras penas y a los codazos. Se vive dentro del automóvil, y él no te suelta. Drive-by shooting: sin salir del auto, a toda velocidad, se puede apretar el gatillo y disparar sin mirar a quién, como se estila ahora en las noches de Los Angeles. Drive-thru teller, drive-in restaurant, drive-in movies: sin salir del auto se puede sacar dinero del banco, cenar hamburguesas y ver una película. Y sin salir del auto se puede contraer matrimonio, drive-in marriage: en Reno, Nevada, el automóvil entra bajo los arcos de flores de plástico, por una ventanilla asoma el testigo y por la otra el pastor, que biblia en mano os declara marido y mujer, y a la salida una funcionaria, provista de alas y de halo, entrega la partida de matrimonio y recibe la propina, que se llama love donation.
El automóvil, cuerpo renovable, tiene más derechos que el cuerpo humano, condenado a la decrepitud. Los Estados Unidos de América han emprendido, en estos últimos años, la guerra santa contra el demonio del tabaco. En las revistas, la publicidad de los cigarrillos está atravesada por obligatorias advertencias a la salud pública. Los anuncios advierten, por ejemplo: El humo del tabaco contiene monóxido de carbono. Pero ningún anuncio de automóviles advierte que mucho más monóxido de carbono contiene el humo de los automóviles. La gente no puede fumar. Los autos, sí.



Baile de máscaras


Eduardo Galeano

Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos, que se ocupan de envolver a la ecología en el papel celofán de la ambigedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al sacrificio de todos en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras, inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono, no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. La salud del mundo está hecha un asco y estas voces claman, en nombre de la alarma universal: ``Somos todos responsables''. La generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie es.
Un crimen llamado suicidioPero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio, y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables.
Hace un par de años, la señora Harlem Bruntland, jefe de gobierno de Noruega, pudo comprobar que ``si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, harían falta diez planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades''. Una experiencia más bien imposible. Pero los gobernantes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se nos ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.
La divinización del mercado internacional, que nos vende su mitología mientras nos compra cada vez menos y nos paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques. Hasta los llamados dragones asiáticos, que tanto sonríen para la propaganda, están sangrando por estas heridas: en Corea del Sur, sólo se puede beber un tercio del agua de los ríos; en Taiwan, un tercio del arroz no se puede comer. Extirpación de los tumores del comunismo, implantación del consumismo en escala mundial: la operación ha sido un éxito, pero el paciente se está muriendo.
La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son ya derechos de todos, sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. ¿Es posible actuar contra la aniquilación de la naturaleza, y al mismo tiempo creer que es natural la impunidad del dinero?El bueno de Al CaponeHace tres años, en Río de Janeiro, una conferencia internacional, la Eco-92, se ocupó de la agonía del planeta. Las empresas gigantes de la industria química, la industria petrolera y la industria automovilística, que son responsables directas de esa agonía, pagaron buena parte de los gastos de la conferencia. Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas. Y así, aquella llamada Cumbre de la Tierra, agradeció la gentileza: en sus resoluciones, no sólo no condenó a las empresas trasnacionales que producen contaminación y viven de ella, sino que ni siquiera pronunció una sola palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno en escala mundial. Las compañías trasnacionales fueron incluidas por la Eco-92 dentro de la categoría de ``los grupos cuyo papel en los procesos decisorios internacionales debe reforzarse'', de modo que los gigantes de la industria contaminante fueron equiparados a los niños, las mujeres y los grupos indígenas.
La industria química es una de las que se viste de verde, en el gran baile de máscaras del fin del milenio. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos de los grandes laboratorios no se proponen encontrar plantas más resistentes, que puedan enfrentar las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y los herbicidas que esos mismos laboratorios producen.
Muchos de esos plaguicidas y herbicidas han sido prohibidos en sus países de origen, como Alemania o Estados Unidos, pero los gigantes alemanes y norteamericanos de la industria química bautizan esos productos con otros nombres y los exportan a los países del sur del mundo, donde los mecanismos de protección de la salud pública han sido desmantelados o son vulnerables al soborno. Pero tampoco los países del norte del mundo están a salvo de las tendencias homicidas y mundicidas de sus propios grandes laboratorios. En su edición del 21 de marzo de 1994, la revista Newsweek informó que en el último medio siglo el esperma masculino se ha reducido a la mitad en los Estados Unidos, al mismo tiempo que se han multiplicado espectacularmente al cáncer de mama y el cáncer de testículo. Según las fuentes científicas consultadas por la revista, la intoxicación química de la tierra y el agua es la principal responsable de estas calamidades.


Los prisioneros


El Estado, que jamás va preso, asesina por acción y por omisión. Crímenes por acción: a fines del año pasado, la policía militar de Rio de Janeiro reconoció oficialmente que venía matando civiles a un ritmo ocho veces más acelerado que el año anterior, mientras la policía de los suburbios de Buenos Aires cazaba jóvenes como si fueran pajaritos. Crímenes por omisión: al mismo tiempo, cuarenta enfermos del riñón murieron en el pueblo de Caruarú, en el nordeste de Brasil, porque la salud pública les había hecho diálisis con agua contaminada; y en la provincia de Misiones, en el nordeste de la Argentina, el agua potable, contaminada por los plaguicidas, generaba bebés con labios leporinos y deformaciones en la médula espinal.
En la era de la privatizaciones y el mercado libre, el dinero se propone gobernar sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al Estado? El Estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y a la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un Estado juez y gendarme, y poco más. De los otros servicios públicos, ya se encargará el mercado, y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. La administración pública sólo puede disfrazarse de madre piadosa muy de vez en cuando, atareada como está en consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En el proyecto neoliberal, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública como si fueran formas de la caridad pública.
El arte de borrar huellasMientras tanto, crece la pobreza y crecen las ciudades y crecen los asaltos y las violaciones y los crímenes. "La criminalidad crece mucho más que los recursos para combatirla", reconoce el ministro del Interior del Uruguay. La explosión del delito se ve en las calles, aunque las estadísticas oficiales se hagan las ciegas, y los gobiernos latinoamericanos confiesan, de alguna manera, su impotencia. Pero el poder jamás confiesa que está en guerra contra los pobres que genera, en pleno combate contra las consecuencias de sus propios actos. "La delincuencia crece por culpa del narcotráfico", suelen decir los voceros oficiales, para exonerar de responsabilidad a un sistema que arroja cada vez más pobres a las calles y a las cárceles y que condena cada vez más gente a la desesperanza y la desesperación.
Las cumbres irradian el mal ejemplo de su impunidad. Se castiga abajo lo que se aplaude arriba. El robo chico es delito contra la propiedad, el robo en gran escala es derecho de los propietarios: uno es asunto del Código Penal, el otro pertenece a la órbita de la iniciativa privada. El poder, que elogia al trabajo y a los trabajadores en sus discursos pero los maldice en sus actos, sin pudor alguno recompensa la deshonestidad y la falta de escrúpulos. La respetable tarea tiene por cómplices a los grandes medios de comunicación, que mienten callando casi tanto como mienten diciendo.


¿Denuncias o confesiones?


Y mientras el poder enseña impunidad, esos grandes medios, y sobre todo la televisión, difunden mensajes de violencia y de consumismo obligatorio. Una reciente investigación universitaria reveló que los niños de Buenos Aires ven, cada día, cuarenta escenas de violencia en la pantalla chica. ¿Cuántas escenas de consumismo ven? ¿A cuántos ejemplos de despilfarro y ostentación asisten cada día? ¿Cuántas órdenes de comprar reciben los que poco o nada pueden comprar? ¿Cuántas veces por día se les taladra la cabeza para convencerlos de que quien no compra no existe, y quien no tiene, no es? Paradójicamente, la televisión suele trasmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre y de publicidad compulsiva: en este sentido, bien podría decirse que sus propios mensajes están confirmando su eficacia mediante el auge de la delincuencia.
Las fábricas de opinión pública echan leña a la hoguera de la histeria colectiva, y mucho contribuyen a convertir la seguridad pública en obsesión pública. Cada vez tienen más ecos los gritos de alarma que se pronuncian en nombre de la población indefensa ante el acoso del crimen. Se multiplican los asustados, y los asustados pueden ser más peligrosos que el peligro que los asusta. Para acabar con la falta de garantías de los ciudadanos, se exigen leyes que suprimen las garantías que quedan; y para dar más libertad a los policías, se exigen leyes que sacrifican la libertad de todos los demás -incluso en países como el Uruguay, donde las estadísticas confiesan que los policías son, en proporción, los ciudadanos que más delitos cometen.
No sólo los vividores de la abundancia se sienten amenazados. También la clase media, y también numerosos sobrevivientes de la escasez: pobres que sufren el asalto de otros pobres más pobres o más desesperados. En sociedades que prefieren el orden a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares del orden: hay cada vez más gente convencida de que no hay ley que valga ante la invasión de los fuera de la ley. Hay un clamor creciente por la pena de muerte en la opinión pública de varios países latinoamericanos; y las matanzas de niños por los escuadrones parapoliciales de la muerte en Bogotá, Rio de Janeiro o la ciudad de Guatemala son pública o secretamente aplaudidas por un sector considerable de la sociedad. Se considera normal la tortura del delincuente común, o de quien tenga cara de; y llama la atención el silencio de algunos organismos de derechos humanos, en países donde la policía tiene la costumbre de arrancar confesiones mediante métodos de tortura idénticos a los que las dictaduras militares aplican contra los presos políticos.


Las otras jaulas


Presos: las dictaduras militares ya no están, pero las frágiles democracias latinoamericanas tienen sus cárceles hinchadas de presos. Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado por los banqueros o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos. Cárceles inmundas, presos como sardinas en lata: en su gran mayoría, son presos sin condena. Muchos, sin proceso siquiera, están ahí no se sabe por qué. Si se compara, el infierno del Dante parece cosa de Disney. Continuamente, estallan motines en estas cárceles que hierven. Entonces las fuerzas del orden cocinan a tiros a los desordenados y de paso matan a todos los que pueden, con lo que se alivia la presión de la superpoblación carcelaria -hasta el próximo motín.
En realidad, bien se podría decir que presos estamos todos, quien más, quien menos. Los que están en las cárceles y los que estamos afuera. ¿Están libres los presos de la necesidad, obligados a vivir para trabajar porque no pueden darse el lujo de trabajar para vivir? ¿Y los presos de la desesperación, que no tienen trabajo ni lo tendrán, condenados a malvivir a los zarpazos? Y los presos del miedo, ¿estamos libres? ¿No estamos todos presos del miedo? Todos enrejados: ya hay plazas públicas rodeadas de rejas en algunas ciudades latinoamericanas, y están enrejadas las casas de todos los que tenemos algo que perder, aunque sea poco, aunque sea nada; yo he visto rejas hasta en algunos ranchos de lata y madera de los suburbios pobres. Los de arriba y los del medio y los de abajo: en sociedades obligadas al sálvese quien pueda, aterrorizadas por los manotazos de sus náufragos, estamos todos presos: los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias.
Los hechos se burlan de los derechos. Retrato de América Latina al fin del milenio: ésta es una región del mundo que niega a sus niños el derecho de ser niños. Los niños son los más presos entre todos los presos, en esta gran jaula donde se obliga a la gente a devorarse entre sí. El sistema de poder, que no acepta más vínculo que el pánico mutuo, maltrata a los niños. A los niños pobres los trata como si fueran basura. Y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor.



En la burbuja del poder


En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.
Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.
Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.



La pobreza como delito


Muchos antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle. Algunos expertos llaman "niños de escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay setenta millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina que fabrica pobres y prohíbe la pobreza. Entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.
Nacen con las raíces al aire. Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Entre la cuna y la sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje. De cada dos niños pobres, uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo. ¿Y el otro? De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.
En muchos países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y está haciendo trizas el tejido social comunitario. ¿Qué destino tienen los dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho sagrado? Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo prohíbe. El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega. Y ellos se vengan lanzándose al asalto. En las calles de las grandes ciudades, se forman bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha. Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Y ellas? Hay medio millón de niñas brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas vírgenes.



El pánico y sus trampas


Entre una punta y la otra, el medio. Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no siente que el piso cruje bajo los pies? La clase media vive en estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá reprocharle mala conducta. La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el pánico al desalojo.
En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.


Tomado de: Brecha 557, Montevideo, 2 de agosto de 1996.

Eduardo Galeano


Después


Fue asesinado en una cervecería de los suburbios. Un policía lo mató por error, o porque andaba con una guitarra y tenía el pelo largo y no sabía bajar la cabeza ante la autoridad. El policía lo agarró por el pelo, le metió el caño de la pistola en un ojo y disparó.
Javier Rojas fue enterrado en Buenos Aires. Y mientras en Buenos Aires se abría la tierra para recibirlo, muy lejos de allí, en Antofagasta, tembló la tierra donde Javier había nacido. Un maremoto, venido muy del fondo de las aguas, sacudió violentamente aquellas costas, mientras el entierro ocurría. Y Gabriela, la hermana de Javier, pensó que Dios no existe, pero los dioses sí.
Desde la noche que murió Javier, Gabriela perdió el olfato. Dejó de sentir el olor de las plantas, que habla por ellas, y el olor de las pieles, que revela a la gente, y el olor de los libros viejos, que es el olor del tiempo en que fueron leídos.
Ayelén, la hija de Gabriela, supo de la muerte del tío y lloró hasta vaciarse. Después, conversó el asunto con su mejor amiga, una pajarita invisible que duerme arriba del ropero y se llama Bocasucia, por su tendencia a las malas palabras. Y tras mucho charlar con la pajarita, Ayelén preguntó a su abuela:
--Si Javier no está, ¿dónde está?
--En el cielo -dijo la abuela.
Y la niña quiso saber:
--Y en el cielo, ¿hay policías?


El velorio


Asunción Gutiérrez había muerto en Managua, el día que cumplió un siglo de vida, y fue velada en su casa de la comarca Aranjuez por una multitud de parientes y vecinos.
Ya hacía rato que los dolientes habían pasado de la pena a la fiesta y de los susurros a las carcajadas, según quiere la costumbre, cuando en lo mejor de la noche, doña Asunción se alzó en el ataúd.
--Sáquenme de aquí, babosos -mandó.
Y se sentó a comer un tamalito, sin hacer el menor caso de nadie.
En silencio, los deudos se fueron retirando. Ya los cuentos no tenían quién los contara, ni los naipes quién los jugara, y los tragos habían perdido su pretexto. Velorio sin muerto, no tiene gracia. Los dolientes se perdieron por las calles de tierra. Despabilados por el mucho café, no sabían qué hacer con lo que quedaba de la noche.
Uno de los bisnietos comentó, indignado:
--Es la tercera vez que la vieja nos hace esto.


El espejo


Pedro García Dobles siempre tuvo planes de fuga, pero a los dos años de edad vivía con los padres, Aurelia y Alex, en su casa de San Isidro de Heredia, y parecía conforme con la situación.
Una mañana, Aurelia lo alzó en brazos ante el espejo. Señalando su propia imagen, ella dijo:
--Mamá.
Y señalando la imagen de él, dijo:
--Pedro.
A Pedro le interesó el asunto:
--¿Entramos?
Aurelia llamó al espejo, toc toc, con los nudillos. Y nada. Entonces Pedro intentó meterse, y comprobó, triste:
--Tá cerrado.
NoticiasEn 1994, en Laguna Beach, al sur de California, un ciervo irrumpió desde los bosques. El ciervo galopó por las calles, golpeado por los automóviles, saltó una cerca y atravesó la ventana de una cocina, rompió otra ventana y se arrojó desde un segundo piso, invadió un hotel y pasó como ráfaga, rojo de su sangre, ante los atónitos comensales de los restoranes de la costa. Entonces se metió en la mar. Los policías lo atraparon en el agua y con cuerdas lo arrastraron hasta la playa, donde sangrando murió.
--Estaba loco -explicaron los policías.
Un año después, en San Diego, también al sur de California, un veterano de guerra robó un tanque del arsenal. Montado en el tanque, aplastó cuarenta automóviles y rompió algunos puentes y embistió cuanta cosa encontró, mientras lo perseguían los patrulleros policiales. Cuando se atascó en un repecho, los policías se arrojaron sobre el tanque, abrieron la escotilla y cocinaron a tiros al hombre que había sido soldado. Los televidentes presenciaron, en vivo y en directo, el espectáculo completo.
--Estaba loco -explicaron los policías.
La inundaciónLas iglesias eran obras de confitería y los palacios, obras de juguetería; algunas casas parecían cajitas de música. Pero la Antigua Ciudad de Guatemala vivía con el corazón en la boca. Lo que no gastaba en lágrimas, se le iba en suspiros. Aburrirse, lo que se dice aburrirse, jamás se aburría: amenazada por el volcán de Agua y por el volcán de Fuego, estaba condenada a zozobra perpetua, entre los vómitos de los volcanes y los alborotos de la tierra.
En 1773, un terremoto la sacudió. Ella tenía costumbre. Medio siglo antes, otro terremoto la había despedazado, y Antigua había seguido en su sitio, como si nada, de temblor en temblor, que si Dios me ha de matar me mate y que el Diablo me lleve. Pero esta vez, no sólo la tierra corcoveó y rompió todo: lo peor fue que el río se salió de cauce y ahogó a las gentes y a las casas. Y los que sobrevivieron a la inundación no tuvieron más remedio que huir despavoridos para fundar, lejos, otra ciudad.
El río que se desbordó se llamaba, se llama, Pensativo.
De vez en cuando, a mí me pasa lo mismo.
La puertaEn una barraca, por pura casualidad, Carlos Fasano encontró la puerta de la celda donde había estado preso.
Durante la dictadura militar uruguaya, él había pasado seis años conversando con un ratón y con esa puerta de la celda número 282. El ratón se escabullía y volvía cuando quería, pero la puerta estaba siempre. Carlos la conocía mejor que la palma de su mano. No bien la vio, reconoció los tajos que él había cavado con la cuchara y las manchas, las viejas manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos donde él había viajado a lo largo de cada día de encierro.
Esa puerta y las puertas de todas las otras celdas fueron a parar a la barraca que las compró, cuando la cárcel se convirtió en shopping center. El centro de reclusión pasó a ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino trajes de Armani, perfumes de Dior y videos de Panasonic.
Cuando Carlos descubrió su puerta, decidió quedársela. Pero las puertas de las celdas se habían puesto de moda en Punta del Este, y el dueño de la barraca exigió un precio imposible. Carlos regateó y regateó hasta que por fin, con la ayuda de algunos amigos, pudo pagarla. Y con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla: más de un musculoso fue necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a las fugas, hasta la casa de Carlos, en las quebradas de Cuchilla Pereira.
Allí se alza, ahora, la puerta. Está clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de verderías, de cara al sol. Cada mañana, el sol ilumina la puerta, y en la puerta el cartel que dice: Prohibido cerrar.



El desierto


Román Morales emprende la travesía del salar de Uyuni. Se echa a caminar al amanecer, desde las orillas donde las vicuñas detienen su paso y los cóndores su vuelo. Y a poco andar, pierde de vista las últimas señales de la tierra.
Más de un caminante ha sido tragado por estas inmensidades, y Román lo sabe. El sabe que el salar, el desierto de sal más grande del mundo, ha nacido del rencor. En el principio de los tiempos, ésta fue una vasta mar de leche agria. Cuando Tunupa, la montaña, perdió a su hijo, se vengó regando la leche de sus pechos sobre las cumbres del mundo, que fueron de odio inundadas.
Cuanto más camina Román, más miedo siente. Metido en el fulgor, pasa las horas, la mañana, el mediodía, la tarde, mientras crujen los cristales de la sal bajo sus botas, y después de mucho andar quiere volver, pero no sabe cómo, y quiere seguir, pero no sabe adónde. Por mucho que se restregue los ojos, no consigue encontrar el horizonte. Ciego de luz blanca, camina sin ver, a través de la blanca nada.
Y se desploma. Cae de rodillas al suelo o al cielo, suelo de sal, cielo de sal, y las lágrimas saladas le cruzan la cara rajada por los soles que la sal refleja. Y por primera vez, Román escucha que su boca está suplicando, su boca suplica al desierto, con voz de otro:
--No me mates.
Y entonces las piernas, piernas de otro, se levantan y siguen caminando. Varias veces Román cae, pero cada vez que va a desmayarse, las piernas se alzan, por su cuenta, y continúan este viaje sin vuelta. Y cuando la noche llega, Román escucha nuevamente esa voz desconocida que de su boca sale, la voz que ahora ruega a las estrellas:
--No me dejen solo.
Y las piernas lo llevan a través de la noche y todo a lo largo del nuevo día. Y mucho después, después de mucho tropezar y caer, después de mucho caer y levantarse, súbitamente las piernas dejan de andar. Tumbado en el suelo de sal, Román alza la cabeza, parpadea, y ve: allí nomás, cerquita, está la aldea de Atulcha. En esa aldea, en esas cuatro casas, acaba la mar de sal, y acaba el viaje.
Mirándose las botas, que la sal ha comido a mordiscones, Román se pregunta:
--¿Quién ha cruzado el desierto? ¿Quién fui, quién habré sido?
Una bandada de flamencos, ráfaga rosada, le da la bienvenida.

El hombre más viejo del mundoEra verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía ciento veinticinco veranos que don Francisco Barriosnuevo estaba allí.
--El es un comeaños -dijo la vecina-. Más viejo que las tortugas.
La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado. Don Francisco bebía un jugo de guayaba. Gustavo, el periodista que había venido de lejos, le hacía preguntas al oído.
Mundo quieto, aire quieto. En el pueblo de Majagual, un caserío perdido en los pantanos, todos los demás estaban durmiendo la siesta.
El periodista le preguntó por su primer amor. Tuvo que repetir la pregunta varias veces, primer amor, primer amor, primer amor. El matusalén se empujaba la oreja con la mano:
--¿Cómo? ¿Cómo dice?
Y por fin:
--Ah, sí.
Balanceándose en la mecedora, frunció las cejas, cerró los ojos:
--Mi primer amor...
El periodista esperó. Esperó mientras viajaba la memoria, destartalado barquito, y la memoria tropezaba, se hundía, se perdía. Era una navegación de más de un siglo, y en las aguas de la memoria había mucho barro, mucha piedra, mucha niebla. Don Francisco iba en busca de su primera vez, y la cara se le contraía como un puño.
El periodista desvió la mirada, cuando descubrió que las lágrimas estaban mojando los surcos de esa cara estrujada. Y entonces don Francisco clavó en la tierra su bastón de cañabrava y empuñando el bastón se alzó de su asiento, se irguió como gallo y gritó: ¡Isabel!, gritó:
--¡Isabeeeeeeeeel!
EDUARDO GALEANO

El ángel exterminador

En 1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado, que ocupan los automóviles. Tres años después, se prohibió el tránsito de autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia, prohibición que se extenderá a la ciudad entera a medida que se multipliquen los tranvías, las líneas del metro, las vías peatonales y los autobuses. También las ciclovías: pronto se podrá atravesar toda la ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un medio de transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el espacio humano ni envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo de Vinci.
Mientras tanto, un informe oficial confirmaba que los automóviles ocupan un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad norteamericana de Los Angeles, pero allí a nadie se le ocurrió cometer el sacrilegio de expulsar a los invasores.
¿A quién pertenecen las ciudades?
Amsterdam y Florencia son excepciones a la regla universal de la usurpación. El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han ido creciendo las ciudades y las distancias, y los medios públicos de transporte han cedido paso al automóvil privado. El presidente francés Georges Pompidou lo celebraba diciendo que ``es la ciudad la que debe adaptarse a los automóviles, y no al revés'', pero sus palabras cobraron sentido trágico cuando se reveló que habían aumentado brutalmente los muertos por contaminación en la ciudad de París, durante las huelgas de fines del año pasado: la paralización del metro había multiplicado los viajes en automóvil y había agotado las existencias de mascarillas anti-smog.
En Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranvías realizaban las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente suman menos de una quinta parte. El promedio europeo ha caído al 25 por ciento, lo que es todavía mucho si se compara con Estados Unidos, donde el transporte público, virtualmente exterminado en la mayoría de las ciudades, sólo llega a cuatro por ciento del total.
Henry Ford y Harvey Firestone eran íntimos amigos, y ambos se llevaban de lo más bien con la familia Rockefeller. Ese cariño recíproco desembocó en una alianza de influencias que mucho tuvieron que ver con el desmantelamiento de los ferrocarriles y la creación de una vasta telaraña de carreteras, luego convertidas en autopistas, en todo el territorio norteamericano. Con el paso de los años se ha hecho cada vez más apabullante, en Estados Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de automóviles, los fabricantes de neumáticos y los industriales del petróleo. De las 60 mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta santa alianza o está de alguna manera ligada a la dictadura de las cuatro ruedas.
Datos para un prontuario
Los derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las máquinas. Los automóviles emiten impunemente un coctel de muchas sustancias asesinas. La intoxicación del aire es espectacularmente visible en las ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en alguna ciudades del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran medida, por el uso obligatorio de los convertidores catalíticos y de la gasolina sin plomo, que han reducido la contaminación más notoria de cada vehículo en los países de mayor desarrollo. Sin embargo, la cantidad tiende a anular la calidad, y estos progresos tecnológicos van reduciendo su impacto positivo ante la proliferación vertiginosa del parque automotor, que se reproduce como si estuviera formado por conejos.
Visibles o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman una larga lista criminal. Por poner tan sólo tres ejemplos, los técnicos de Greenpeace han denunciado que proviene de los automóviles no menos de la mitad del total del monóxido de carbono, del óxido de nitrógeno y de los hidrocarburos que tan eficazmente están contribuyendo a la demolición del planeta y de la salud humana.
``La salud no es negociable. Basta de medias tintas'', declaró el responsable de transportes de Florencia, a principios de este año, mientras anunciaba que ésa será ``la primera ciudad europea libre de automóviles''. Pero en casi todo el resto del mundo se parte de la base de que es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana, en la era urbana.
Copiamos lo peor
El ruido de los motores no deja oír las voces que denuncian el artificio de una civilización que te roba la libertad para después vendértela, y que te corta las piernas para obligarte a comprar automóviles y aparatos de gimnasia. Se impone en el mundo, como único modelo posible de vida, la pesadilla de ciudades donde los autos mandan, devoran las zonas verdes y se apoderan del espacio humano. Respiramos el poco aire que ellos nos dejan; y quien no muere atropellado, sufre gastritis por los embotellamientos.
Las ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a Florencia, sino a Los Angeles, y están consiguiendo convertirse en la horrorosa caricatura de aquel vértigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis, podríamos elegir nuestros modelos con un poco más de cuidado. Anestesiados como estamos por la televisión, la publicidad y la cultura de consumo, nos hemos creído el cuento de la llamada modernización, como si ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el abracadabra de la felicidad.

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EDUARDO GALEANO


La canción de los presos


Mala noticia para los ingenieros del horror: la máquina de la muerte produce vida. Cada piecita luce intacta y en su sitio, se han revisado y aceitado los engranajes, se han seguido al pie de la letra las instrucciones de los técnicos internacionales de mayor experiencia y prestigio. Sin embargo, ahí está aleteando, más viva que nunca, el alma humana. Hombres aislados, torturados, cotidianamente sometidos al tratamiento de la destrucción, responden creando. No tiene la voz rota ni apagado el corazón quien es capaz de decir:
a veces llueve
y te quiero
a veces sale el sol
y te quiero
la cárcel es a veces
siempre te quiero
Estos son poemas anónimos. Sus autores están presos en el Penal de Libertad, que así se llama, por traición al lenguaje, la principal cárcel de presos políticos del Uruguay. Han sido escritos en hojillas de papel de fumar y se han deslizado a través de los barrotes y los anchos muros de ese campo de concentración. Por ser obra de los presos, los poemas simbolizan perfectamente la situación de un país que está, todo entero, en prisión:

lo dijo un compañero
si eliminamos
órdenes
reglamentos
si hacemos caso omiso
a uniformes
rejas
si no tomamos en cuenta
a oficiales
y alcahuetes
lo dijo un compañero y yo lo creo aquí
en el calabozo grande estamos presos
La cárcel es la casa de cada ciudadano. ¿Quién no tiene prohibida la palabra? Una reciente orden de la Dirección Nacional de Relaciones Públicas de la dictadura uruguaya impide opinar sobre temas políticos a nadie que no sea general de las Fuerzas Armadas. Todos los habitantes del país son rehenes de libertad precaria, sin otro derecho que el de respirar y obedecer. El simple hecho de cobrar una cuota de un sindicato se considera incitación al delito y se paga con seis años de prisión. Se ha cambiado la partitura del himno nacional para que la música suene bajito cuando el coro grita: "¡Tiranos temblad!", y así se obliga a susurrar la frase, porque el que se anima a gritarla marcha derecho a la picana eléctrica y la cárcel. Mientras existió la prensa de oposición, el régimen batió el record mundial de suspensiones y clausuras, entre 1968 y 1975, y actualmente no se perinite leer, en las bibliotecas públicas, los diarios y revistas publicados antes del golpe de Estado de 1973. La orden de silencio es tan absoluta que están sometidos a censura, en el Uruguay, los diarios de Argentina y Chile, porque resulta demasiado libre la prensa de Videla y Pinochet. Más de la mitad del presupuesto nacional se dedica a financiar las tareas de vigilancia, persecución y castigo: en proporción, el Uruguay tiene el mayor presupuesto de represión del mundo entero. El derroche militar y policial podría explicarse, quizás, porque el gobierno considera que estamos en plena tercera guerra mundial, según explica un reciente documento de las Fuerzas Armadas editado por la Universidad de la República. Pero en realidad, es muy otra la guerra que están librando los militares de mi país. Para las Fuerzas Armadas uruguayas, convertidas en el partido político de las corporaciones multinacionales, el enemigo es la gente:
es verde
pero murmura
es verde
pero habla
es verde
pero interroga
es verde
pero tortura
El senador Frank Church dijo en Estados Unidos que "Uruguay es la peor, aunque no la única, cámara de torturas de América Latina", y recientemente, el almirante Hugo Márquez, miembro de la Junta de Comandantes en Jefe, proclamó en Montevideo que los militares tienen órdenes de "respetar la dignidad del ser humano y no infligirle presiones físicas más allá de lo que es humanamente soportable". Por lo menos medio centenar de personas han muerto víctimas de torturas "humanamente soportables', y no existe un solo preso político que no haya pasado por ellas

si vieras
las contradicciones que hay
en el Ejército
si hubieras escuchado
cómo discutían
alférez y capitán
mientras me daban
En el marco de la campaña mundial por la amnistía, los poemas de los presos políticos serán editados en Suecia. Resultarán sorprendentes, para más de un lector, porque nada tienen que ver con el panfleto facilongo y porque revelan una insólita capacidad de hermosura en las peores condiciones imaginables. Han sido escritos por hombres sometidos a un continuo clima de tensiones y amenazas, deliberadamente montado para volverlos locos. En 1976, Edy Kaufman, de Amnesty International, reprodujo ante el Congreso norteamericano las palabras del director del penal de Libertad: ya que no se ha liquidado a tiempo a los elementos peligrosos para el país, y tarde o temprano habrá que liberarlos, "debemos aprovechar el tiempo que nos queda para volverlos locos". Los presos políticos uruguayos sólo pueden hablar por teléfono con las pocas visitas que se les permiten y tienen prohibido volver la cabeza, hacer guiñadas, caminar lentamente o con apuro y, por misteriosas razones, también tienen prohibido dibujar peces, mujeres embarazadas y gusanos. Están obligados a pagar su hospedaje, como si la cárcel fuera hotel, a un promedio de quinientos dólares anuales. Son frecuentes las tentativas de suicidio en las celdas de castigo y también los simulacros de fusilamiento.
No son éstos, sin embargo, poemas quejosos. No están sucios de autocompasión. Han sido escritos desde la dignidad, no desde la lástima:
hablar brevemente con la abeja que pasa zumbando decirle a la hormiga que se apure con su pan
para la compañera hormiga contemplar la araña admirar la belleza de sus patas portentosas y rogarle
que suba más despacio por la tela son todas formas de la resistencia.Desde la dignidad, digo, peleada y salvada cada día:
hoy me sacaron la capucha ¿cómo voy a llorar ahora justo ahora que tengo, ganas de llorar? ¿dónde esconderé las lágrimas ahora? ahora que me sacaron la capucha. Fracaso de los inquisidores y los verdugos. A la cultura popular, no hay prisión que la encierre, ni aduana que la pare, ni bala que la mate:
por qué será que el sargento silba Viglietti por qué será que el cabo tararea Olimareños por qué será que el soldado canta Zitarrosa porqué será que tienen mierda en la cabeza. En la ópera china clásica, el Emperador decapita al mensajero que trae malas noticias. La cultura nacional auténtica estaba trayendo malas noticias para los dueños del poder cuando los militares se lanzaron, con el cuchillo entre los dientes, al asalto de los centros de enseñanza, las editoriales, los periódicos, los teatros, las galerías de arte, los tablados de carnaval y los escenarios de las fiestas populares. La cultura uruguaya recibió así el mejor homenaje de toda su historia, porque, ¿qué se podría opinar de una cultura libre en una sociedad presa? La censura, la prisión, el exilio o la fosa esperaban a los culpables. La dictadura castiga a quien crea que el país no merece ser una cárcel o un asilo de ancianos. Al fin y al cabo, se prohiben libros como se prohiben asambleas. Se prohibe la palabra a los mejores escritores como se prohibe la palabra al llamado "hombre común", cuyo salario ha sido reducido a la mitad en siete años y que no tiene ningún motivo para celebrar que en el Uruguay estén baratos el jamón de Dinamarca, el vino de Francia y la mermelada inglesa, mientras cae verticalmente el consumo de leche y de zapatos.
Estos poemas de los presos políticos son, precisamente, obras del "hombre común", que no se limita a consumir la poca o ninguna cultura posible, sino que se muestra capaz de crearla. La energía creadora del pueblo nunca está muerta, aunque parezca, a veces, dormida; y no figura en los títulos de propiedad de los dueños del país y de la cultura oficial, que elogia ala muerte y rinde homenaje al miedo. A la sombra de la celda, el hombre persigue símbolos de identidad, signos de vida:
yo no la veo
tengo claro el concepto lo que quiero decir lo que quiero decirles busco debajo de la frazada por las dudas,
no se me haya escondido la muy puta pero no está no hay caso no hallo la palabra. ¡Ayuden a buscarla compañeros!
Estos poemas de amor, amor a la vida, al paisito nuestro y a las cosas más sencillas y verdaderas, han sido escritos con humildad. No tienen la arrogancia del héroe ni de la víctima y están a salvo de cualquier mesianismo. La cárcel ha enseñado, muy duramente, a encontrar la esperanza en la barriga de la desgracia:
¡Arriba el ánimo, compañeros! estando el enemigo estamos nosotros.
El tiempo de la infamia es también el tiempo de la solidaridad. Quien espera salir alguna vez, también espera
haber aprendido
a desnudarse
y aceptar discretamente
que el abono fue
siempre será
doloroso
y nunca se está
en la vida jamás se está
de veras
solo.
(1979)

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Eduardo Galeano


La computadora y yo


No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la tecla Quejas. Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos está levantando en la frontera con México. Yo creía que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi espíritu:­No es un muro ­explicó­. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una nación de inmigrantes, sólo los indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil años. Las leyes no tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares públicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
­No todavía ­informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de América en Estados Unidos de América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado también en su propio país.
­No todavía ­repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ¿No será un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jamás invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los demás, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar:­El mundo amenaza ­explicó­. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
­El tabaco ­respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer?Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber si los marines iban a invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y su presupuesto.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve.
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Eduardo Galeano


La telenovela del destripador que tiene buen corazón


La moda verde: ahora no sólo hay viejos verdes y chistes verdes, sino que los taxis están pintados de verde en la ciudad de México, que es la más contaminada del mundo, y verde es el color que las empresas gigantes de la industria química, que son las más contaminantes del mundo, prefieren para su publicidad. El Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñe de verde sus préstamos: ``En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas'', afirma el presidente de esta institución.
Ahora somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando en cualquier país del sur del mundo se aprueba alguna tímida ley de defensa del medio ambiente, que se llama medio porque es el ambiente que nos queda, las empresas que echan veneno al aire y pudren las tierras y las aguas se sacan súbitamente la recién comprada careta verde y gritan su verdad, en términos que podrían ser resumidos más o menos así: ``Los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera''.
Un impuesto a la mala conciencia
El Banco Mundial en cambio es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes el Banco maneja, junto a las Naciones Unidas, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispone de poco dinero, cien veces menos de lo que habían exigido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente.
La asfixia financiera obliga a los países del sur del mundo a aceptar negocios de jugo rápido, que exprimen en plan bestia a la naturaleza y a la gente, y que al precio de la devastación ofrecen divisas inmediatas y ganancias a brevísimo plazo. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda; y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come, siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial es quien deveras gobierna, junto al Fondo Monetario, a nuestros países cautivos. Doscientos cincuenta mil dólares por minuto pagan los países del sur del mundo, por servicio de deuda, a sus acreedores externos, que imponen la política económica de cada país deudor en función del dinero que conceden o prometen. No hay manera de apagar la sed de esta vasija agujereada: cuanto más pagamos, más debemos y cuanto más debemos, mejor obedecemos la orden de multiplicar la pobreza, concentrar la riqueza y aniquilar la naturaleza.
Los bosques están entre las víctimas de ese super-gobierno, que identifica al progreso con la máxima rentabilidad y a la modernización con el arrasamiento. El mundo está siendo desollado de su piel vegetal y la tierra ya no puede absorber y almacenar las lluvias. Se multiplican la sequías y, simétricamente, se multiplican las inundaciones, mientras sucumbren las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y madereras y los demás monocultivos de exportación que el mercado internacional exige y los banqueros aplauden. Cada hamburguesa cuesta nueve metros cuadrados de selva centroamericana; y de seguir así las cosas el mundo se quedará calvo más temprano que tarde, con algunos últimos restos de selva en Zaire y Brasil.
Una historia que hará llorar
Pero resulta que ahora los banqueros han abandonado la usura para consagrarse a la ecología, y he aquí la prueba: el Banco Mundial está otorgando generosos créditos para forestación. El Banco planta árboles y cosecha prestigio, en un mundo escandalizado por el arrasamiento de sus bosques. Conmovedora historia, digna de ser convertida en el más arrancalágrimas de los culebrones de la televisión: el destripador distribuye miembros ortopédicos entre las víctimas de sus mutilaciones.
La realidad, esa aguafiestas, nada tiene que ver con la propaganda. En las nuevas plantaciones madereras no cantan los pájaros. Estos ejércitos de árboles todos iguales, plantados como soldaditos en fila y destinados al servicio industrial, no se parecen en nada a los bosques naturales aniquilados, que eran pueblos de árboles diferentes abrazados a su modo y manera y eran fuentes de vida diversa que sabiamente se multiplicaba a sí misma.
Las plantaciones madereras de exportación no resuelven problemas ecológicos, sino que los crean. Y los crean en los cuatro puntos cardinales del mundo. Dos o tres ejemplos: en la región de Madhya Pradesh, en el centro de la India, que había sido célebre por la abundancia de sus manantiales, la tala de los bosques naturales y las plantaciones extensivas de eucaliptos han actuado como un implacable papel secante que ha acabado con todas las aguas; en Chile, al sur de Concepción, la plantaciones de pinos proporcionan madera a los japoneses y proporcionan sequía a toda la región. El presidente del Uruguay hincha el pecho de orgullo: los finlandeses están produciendo madera en nuestro país. Vender árboles a Finlandia, país maderero, es una proeza, como vender hielo a los esquimales. Pero ocurre que los finlandeses plantan en el Uruguay los bosques artificiales que en Finlandia están prohibidos por las leyes de protección a la naturaleza.
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EDUARDO GALEANO


Disparen sobre Rigoberta


¿Guatemala? ¿Centroamérica? En el centro de América, está Kansas. Guatemala no figura en el mapa de los medios masivos de comunicación, que fabrican la opinión pública mundial. Sin embargo, oh milagro, una mujer guatemalteca, Rigoberta Menchú, está ocupando, en estos últimos tiempos, bastante espacio. No por lo que ella denuncia, desde el país que viene de padecer la más larga y feroz matanza del siglo XX en las Américas: Rigoberta no es la denunciante, sino la denunciada. Una vez más, como es debido, las víctimas se sientan en el banquillo de los acusados.
Los gases de la infamia
Desde los Estados Unidos, faltaba más, se ha desatado esta nueva guerra química de intoxicación masiva.
La cosa empezó cuando un antropólogo norteamericano consagró 10 años de su vida a la investigación de las contradicciones de Rigoberta y la responsabilidad de la guerrilla en la represión que los indígenas han sufrido. «Vino a Guatemala, a estudiarnos como si fuéramos insectos», comenta el escritor Dante Liano: «En su libro invoca testigos y archivos. ¿Qué archivos hay sobre la guerra reciente? ¿Le abrió sus archivos el ejército?». Hace poco tiempo, el diputado Barrios Klee intentó consultar esos archivos, y apareció con un tiro en la cabeza. El obispo Juan Gerardi, que también lo había intentado, terminó con el cráneo partido a golpes de piedra.
The New York Times dio difusión mundial al asunto. El diario confirmó y publicó las conclusiones del antropólogo: el testimonio «Yo, Rigoberta Menchú», publicado hace veintipico de años, contiene «inexactitudes y falsedades». Por ejemplo, el hermano de Rigoberta, Patrocinio, no fue quemado vivo: fue fusilado y arrojado a una fosa común. O, por ejemplo: «Ella asistió, durante tres años, a un colegio privado», lo que suena a internado suizo, pero se refiere a una escuelita de Chichicastenango. Y así por el estilo, otros pelos en la leche.
Cortina de humo
A partir de allí, ardió, en reguero internacional, la pólvora. Súbitamente, se han multiplicado las voces que hablan de escándalo, que llaman mentirosa a Rigoberta y que, de paso cañazo, desautorizan al movimiento de resistencia indígena que ella expresa y simboliza. Con sospechosa celeridad, se está elevando una cortina de humo ante 40 años de tragedia en Guatemala, mágicamente reducidos a la provocación guerrillera y a los líos de familia, esas «cosas de indios».
No tuvo la misma repercusión, por cierto, el voluminoso y documentado informe de la Iglesia, elaborado por la comisión que el obispo Gerardi presidió, y que fue difundido el año pasado, dos días antes de su asesinato. Miles de testimonios, recogidos en todo el país, fueron juntando los pedacitos de la memoria del dolor: 150 mil guatemaltecos muertos, 150 mil desaparecidos, un millón de exiliados y refugiados, 200 mil huérfanos, 40 mil viudas. Nueve de cada 10 víctimas eran civiles desarmados, en su mayoría indígenas; y en ocho de cada 10 casos, la responsabilidad era del ejército o de sus bandas paramilitares. El informe habla de la responsabilidad directa, la responsabilidad de los títeres pagados. Sobre la otra, la de los titiriteros pagantes, bien valdría la pena que los Estados Unidos enviaran a todos sus antropólogos, y The New York Times movilizara a su cuerpo entero de redacción, para investigar el asunto. Pero el Pentágono y la Casa Blanca bien pueden silbar y mirar para otro lado: los norteamericanos no tienen la más puta idea de dónde queda este país, Guatemala, de nombre pintoresco y difícil de pronunciar.
El Nobel y ella
La campaña contra Rigoberta llegó hasta Oslo. Ya hay quienes exigen que devuelva el Nobel, o que se lo quiten. El premio está dado y bien dado, ratificó el Comité noruego: «Los detalles invocados no son esenciales», declaró su vocero.
Bueno fuera. El Nobel de la Paz, que Rigoberta ganó en el 92, no sólo fue la única conmemoración decente y justa de los 500 años de eso que llaman Descubrimiento de América, sino que, además, resultó un buen plumerazo para un premio que necesitaba una limpieza. El Premio Nobel de la Paz venía cargando mucha mugre desde 1906, cuando se lo dieron a Teddy Roosevelt, quien a los cuatro vientos proclamaba que la guerra purifica a los hombres, y más sucio fue quedando, con el paso del tiempo, cuando fue recibido por otros jefes guerreros, como, por ejemplo, Henry Kissinger, quien debe al mundo muchas muertes y ha sido el papá de Pinochet y otros monstruitos. Patas arriba: el mundo al revés discute ahora si Rigoberta merecía ese premio, en lugar de discutir si ese premio la merecía.
El país y ella
Los indígenas son mayoría en Guatemala. Pero la minoría dominante los trata, en dictadura o en democracia, como Africa del Sur trataba a los negros en tiempos del apartheid. De cada seis guatemaltecos adultos, sólo uno vota: los indios son buenos para atraer turistas, para recoger las cosechas de algodón y de café, y para servir de bestias de carga a la economía nacional y de blanco de tiro al ejército. «Pareces indio», dicen los mandones, que se creen blancos, a los hijos que se portan mal. Esa «sociedad guatemalteca» recibió al noticia del Nobel como un balde de agua fría. «India relamida», llaman a Rigoberta, desde entonces, las voces del despecho, y también: «india igualada». Y ahora: «india mentirosa».
Ella se ha salido de su lugar, y eso ofende. Que Rigoberta fuera india y mujer, vaya y pase, y allá ella con su doble desgracia. Pero esta mujer india resultó rebelde, imperdonable insolencia, y para colmo cometió luego la barbaridad de convertirse en uno de los símbolos universales de la dignidad humana. A los poderosos de Guatemala y del mundo, este desafío no les gusta ni un poquito.
El tiempo y ella
Rigoberta viene de una familia aniquilada, de una aldea arrasada, de una memoria quemada. Ella ha pasado los primeros 20 años de su vida cerrando los ojos de los muertos que le han abierto los ojos. El escritor vasco Bernardo Atxaga le preguntó:
—¿Cómo puedes ser tan jodidamente alegre?
—El tiempo —respondió—. Desde chiquitos, nos educan para entender el tiempo como tiempo que no termina nunca, aunque el tránsito por el mundo sea muy corto.
Está escrito en uno de los libros sagrados:
—¿Qué es una persona en el camino? Tiempo.
Rigoberta es hija del tiempo. Como todos los mayas, ha sido tejida por los hilos del tiempo. Y ella suele decir:
—El tiempo teje despacio.
A la larga, lentamente, el tiempo decidirá qué es lo que vale la pena recordar de todo esto. El paso de los días y de los años irá separando la paja del grano. Quizás el tiempo olvide que Rigoberta Menchú recibió un Premio Nobel, pero seguramente el tiempo no olvidará que ella recibe, cada día, en las sierras indígenas de Guatemala y en tantos otros lugares, un premio mucho más importante que todos los nóbeles: el amor de los indignados y el odio de los indignos.
Quienes apedrean a Rigoberta, ignoran que la están elogiando. Al fin y al cabo, como bien dice el viejo proverbio, son los árboles que dan frutos los que reciben las pedradas.